La verdad sobre mí.

Parte 1

14/03/2019
Creo que nunca me había sentado a escribir sobre cosas directas acerca de mí. Probablemente porque no me gusta o porque no sabría por donde empezar. Ese es uno de estos casos. No tengo la mínima idea de por donde comenzar a relatar la verdad sobre mí, y espero que nadie que conozca llegue a leer esto, porque es bastante personal. En fin, después de esta ridícula introducción, empezaré explicando el principio de las cosas.

No me considero una buena persona. ¿Por qué? Simplemente porque no lo soy y ya. Jamás he sido una amiga ejemplar, una buena hija, o en general, buena. Me cuesta mucho no ser yo misma a veces. Y es que no me gusta tratar a los demás como a mí no me gusta que me traten, pero de todos modos lo hago.

Cada día me encuentro analizando mi mente porque, demonios, es tan fascinante. Nunca actuar igual, nunca opinar lo mismo, siempre siendo más diferente que ayer y menos que mañana. Es realmente abrumador y emocionante. Y aunque muchas veces me pregunto por qué soy tan cambiante, no logro descifrarlo. Es innumerable la lista de gustos que tengo en mi cabeza. Cada cierto tiempo voy haciendo cambios. Cuando era mucho más joven, comencé con cosas como el patinaje, supongo que por el simple hecho de que quería hacer algo tan genial como mi compañera de clases. Imagino que allá en esos días, me sentía tan fuera de lugar que deseaba encontrar una meta en la vida. Tenía nueve años, pero existía esa necesidad en mi cabeza, y nadie podía (o se interesaba) en hacerme cambiar de opinión; así que nadie me detuvo, al contrario, mi papá fue quien me impulsó y llegó con los patines que tanto quería. Me inscribió en un curso absurdamente caro y me llevó a aquella cancha que aún permanece en mi memoria como una fotografía de muy buena calidad.

Así que ahí estaba yo. Mi pequeño cuerpo arriesgando su vida por unos pies con ruedas tan resbalosos como molestos.

Los primeros días fueron los más emocionantes. En las noches anteriores no dormía solo porque pensaba en qué pasaría al siguiente día en las clases de patinaje. No prestaba nada de atención en el colegio por mi emoción. Y cuando llegaba la hora, miles de emociones se encontraban dentro de mí, listas para explotar cual volcán.

Recuerdo ver a las demás niñas patinando. Sentía mucha envidia pero también admiración. Yo era la más nueva allí. Recorría el área tan lento como podía por el miedo a caer, mientras observaba a las patinadoras hacer piruetas y todo tipo de giros en la enorme cancha. Cada vez que las veía mis expectativas caían en picada, se destruían. Sentía que no llegaría nunca a donde ellas estaban. Pasaban las clases y yo seguía en la misma rutina de siempre: en la orilla, afirmándome de los bordes de la cancha, yendo a tres kilómetros por hora. Solamente que ya me sentía desesperanzada. Cada vez que lograba dar una vuelta, alguna de mis compañeras infortunadamente intentaba hacer una pirueta cerca mío, pero yo sin quererlo se lo impedía porque no podía patinar más rápido, y me impedía moverme de ese lugar para darle espacio a ellas.

Años después, sigo pensando que me tuvieron odio por eso. Me causa gracia, pero a la vez me siento un poco retardada.

Entonces, concluí mi primer mes en el curso, mi papá debía pagar el segundo para que pudiera seguir, pero lo detuve. Me rendí. Dije, esto no es para mí”. Me deprimí porque habían personas que podían hacer cosas que yo no. Me deprimí porque me sentía tonta y no quería seguir molestando a las demás niñas.

Lo más deprimente fue ver cada día a una de mis amigas en el salón de clases, siempre alardeando de alguna nueva competencia que tenía o las medallas que había obtenido por allá en otra región del país. En fin, acabé odiándola en secreto (era una niña, ni siquiera sabía bien lo que era odiar), me olvidé del tema y seguí adelante.

Con el tiempo, mis gustos cambiaron, olvidé por completo lo que había sido ese pedacito de mi vida. Sin embargo, cada vez que me proponía algo nuevo, seguía pensando en que no conseguiría nada intentándolo, que de todos modos fracasaría.

Y, aunque no siempre fue así, aunque muchas veces logré lo que me propuse, ese vichito del fracaso seguía carcomiendome por dentro.

Me pregunto constantemente, qué hubiese pasado si no hubiera renunciado a ese sueño de ser patinadora, o quizás simplemente el sueño de poder patinar bien. Porque no es como si haya renunciado porque no me esforzaba, al contrario, intentaba practicar todas las veces que podía: en mi casa, cayendome inumerables veces; en plazas, en la calle... ¡En todas partes! Iba con mis patines a todas partes cuando podía, y aún así seguía chocando mi cara con el piso.

Ahora que lo veo desde un punto más maduro y optimista, y si pudiera hablar con mi yo de nueve años, abofetearía su cachetón rostro y le diría que ella puede hacerlo si sigue practicando; que no importa cuantas veces se rompa los huesos, llegará el día en que pueda simplemente soltar la baranda y dejarse llevar por las ruedas.

No sé cómo sería mi vida si siguiera patinando, pienso que muy diferente a lo que es ahora; pero eso es otra historia.

La primera verdad sobre mí, es que soy una quitter.





Nota de autora: tomé la iniciativa de comenzar esta sesión de “mis verdades”, así que subiré un pedacito cada cuanto pueda. En la segunda parte hablaré de cómo dejo las cosas a medias (al cuadrado) cada vez que puedo.
PD: Quitter: persona que se rinde, que es cobarde, etc.




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